



El “Evangelio
según los
Evangélicos”
En nuestro idioma castellano, sucede algo interesante con la palabra “Señor”. Usamos esta palabra para dirigirnos
tanto a un ser humano como a Jesús. Decimos: Señor Pérez, Señor Fernández y Señor Jesús. La palabra Señor, Kirios
en el Nuevo Testamento, significa ‘dueño, amo, autoridad máxima, el preeminente, el que está por encima de los todos
los demás’. No tiene el mismo significado que cuando decimos Señor Pérez, que es solo un término de respeto. En el Imperio Romano, se usaba la palabra señor para el Emperador, porque le asignaban divinidad, y era el Amo. Los esclavos usaban esta palabra para referirse a sus amos. El amo era un kirios, pero el emperador era El Kirios. Él era “El Señor”.
Los funcionarios de estado y los soldados se saludaban diciendo: “i César es el Señor!”. Y la respuesta habitual era: “¡Sí, César es el Señor!”.
Kirios significa ‘Amo, Dueño, Primera autoridad’. Esta falta de distinción entre “Señor Pérez” y “Señor jesucristo” ha hecho que perdiéramos el verdadero concepto o significado de la palabra Señor. En inglés, en cambio, la palabra
señor para una persona es Mista, pero para jesús es Lord.
Sin embargo, también se les da el título de Lord y Lady a personas de la aristocracia inglesa, por lo que ya se ha vulgarizado; en inglés también ha perdido su verdadero sentido.
Los creyentes comprendían bien el significado de la palabra Kirios, y jesucristo era su Kirios o Señor; el César no era
El Señor para ellos. Cuando un soldado les decía: “César es el Señor”, el creyente le contestaba: “No, jesucristo es el Señor”.
Por supuesto, esto les creaba dificultades y persecución oficial. César sabía que los cristianos estaban totalmente comprometidos con otra autoridad y que si tenían que elegir, optaban sin dudas por jesús, aunque les costara la vida. Para los creyentes, jesucristo era más que su padre, su madre, su esposa, sus hijos, sus casas, sus tierras, antes que sí mismos y, por supuesto, antes que el propio César. Su actitud decía: “César, tú puedes contar con nosotros, pero cuando lo que nos mandas está en contra de lo que manda jesús, obedeceremos a Él y no a ti.
Él nos libró del pecado y de Satanás, y nos trasladó a su reino, por lo tanto le debemos nuestras vidas. Él es el primero, es El Señor, es Dios y es nuestra máxima autoridad”. No es de extrañarse entonces que el celoso César hiciera perseguir a los cristianos. No los obligaba a cambiar de religión, sino a ¡negar a jesús! César permitía otras religiones en su imperio, pero los creyentes no tenían una religión, sino una adhesión a la persona de jesús, quien era su verdadero emperador o Rey. César tenía celos de Cristo.
El evangelio del reino de Dios nos enseña que Cristo es el Rey, que en este momento es la autoridad máxima. jesús es el eje de nuestra redención sobre el cual gira toda nuestra vida en el reino. Él es nuestra cabeza, nuestro esposo, la piedra angular del edificio de la salvación. El evangelio es una buena noticia basada en la gracia de nuestro Señor jesucristo, el amor de Dios nuestro Padre y la comunión del Espíritu Santo. El Padre Dios le dio al Hijo la autoridad máxima, hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. Sin embargo, más que nunca, en estos últimos tiempos,
hemos venido bebiendo otro evangelio, más centrado en nosotros que en jesús. Un evangelio que lo presenta como salvador, sanador, prosperadar, pero no como Señor. La gente se acerca entonces a ver qué le puede sacar a jesús, qué va a recibir de Él, en vez de acercarse para poner toda su vida en sus manos. De esta manera, jesús es nuestro siervo y tiene que darnos y hacer todo lo que le pedimos. Nosotros somos los señores, y Él es nuestro siervo. Decimos: “Señor dame esto, dame aquello, bendiceme, sáname, prospérame, dame un mejor trabajo, haz que me aumenten el sueldo, etc.”. Basta ir a un culto de oración y escuchar las oraciones con sus largas listas de pedidos para darse cuenta de que tratamos a jesús como si fuera nuestro sirviente. Nuestro evangelio o buenas noticias que damos a la gente dice: “El Señor te va a dar esto y aquello”. Anunciamos un evangelio de ofertas. El predicador
dice: “Señores, acepten a jesús como salvador, sanador”.
En realidad, el llamado no debería ser aceptar a jesús, sino entregarse a jesús, darle sus vidas. Porque el que pierde su vida en Cristo es el que la halla y no al revés. No es tanto que nosotrosaceptemos ajesús, sino que es Él quien nos acepta a nosotros. No somos nosotros que lo elegimos a Él, sino que Él nos eligió a nosotros. Algunos hasta dan la idea de que si se hacen cristianos, le están haciendo un favor a jesús o al pastor.
A veces para que la gente acepte aJesús, les prometemos el oro y el moro. Apelamos a sus intereses y no a los del reino de Dios. Si presentamos a Jesús solo como salvador, sanador, solucionador de todos nuestros problemas y el que nos va a llevar el cielo cuando muramos, entonces no es el evangelio del reino de Dios, sino de nuestro reino. En nuestras reuniones, se puede notar quién es el centro. La disposición del mobiliario -bancos, púlpito, parlantes, programa- es para el hombre. Muchos sermones están preparados no tanto para decirnos la voluntad de Dios, sino para suplir las necesidades del ser humano. No es que Dios no quiera suplir nuestras necesidades, pero Jesús dijo:
“Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas”
(Mateo 6:33).
Es precisamente al revés de como lo hacemos nosotros. Nosotros ponemos los caballos detrás del
carro. Si nos entregamos totalmente a Cristo para amarlo, servirlo, adorarlo, agradarle y anunciarlo a los perdidos, olvidémonos de nuestras necesidades, Él las suplirá por añadidura. y con nuestros himnos ocurre lo mismo. Me acuerdo que cantábamos: “Oh, Cristo mío”. ¡Somos nosotros los que somos de Él! “Mándanos lluvias copiosas, Dios, manda tu gran poder”. “Y todos unidos en la fiesta, es Cristo quien va a servir”. Gracias a Dios que con el movimiento carismático de los años 60 y 70, se suplantaron muchos himnos centrados en nosotros, y aparecieron muchas doxologías; en vez de pedir, comenzamos a darle alabanza y adoración. Sin embargo, todavía no hemos descubierto cabalmente que “… de Él, y por Él, y para Él, son todas las cosas” (Romanos 11:36 RVR). Quizás si estuviéramos más centrados en Dios y sus intereses, las necesidades de esta vida nos serían suplidas sin que las prediquemos
ni las pidamos.
¡Y qué decir de nuestras oraciones! “Señor, bendice mi hogar, bendice a mi esposo, bendice a mi hijo, mi gatito por
amor a Jesús, amén”. Esa oración es por ¡amor a nosotros! A veces usamos las palabras apropiadas, pero con una actitud equivocada. Tratamos a Jesús como la lámpara de Aladino de Las mil y una noches; pensamos que si lo frotamos recibiremos lo que queremos. No es de extrañarse que Kart Marx llamara a la religión el opio de los pueblos. Percibía que nuestro evangelio con frecuencia promete una vía de escape de los dolores y de las necesidades. Pero Jesucristo no es un opio. Él es el Señor. Debemos venir a Él y entregarnos de alma y cuerpo a hacer su voluntad. Es así como nos salvamos de nosotros mismos.
Si Él es el Señor, nosotros somos sus siervos. Si Él es el Señor, cuando nos habla, le obedecemos. Él nos ordenó “hacer
todo lo que él nos ha mandado”. Si nuestros pastores hubieran sido amenazados por la policía y por el sumo sacerdote tal como ocurrió con los apóstoles, que les prohibieron hablar de Jesús so pena de ser encarcelados, nosotros hubiéramos orado así: “Oh, Padre, ten misericordia de nosotros. Ayúdanos, Señor. Ten piedad de Pedro y de Juan. No
permitas que los soldados nos hagan algún mal. Por favor danos una vía de escape. No permitas que suframos. Oh, Señor, mira lo que nos están haciendo. ¡Detenlos, no dejes que nos hagan daño!”. Nate el centro de gravedad de nuestras oraciones: nosotros, Pedro y Juan, que no nos hagan daño, que no suframos…
Pero cuando leemos la oración que hicieron los primitivos cristianos cuando fueron amenazados de persecución, en el capítulo cuatro de los Hechos, no oraron así. Fíjese cuántas veces los apóstoles dijeron tú, en vez de nosotros. Al enterarse de la persecución prometida por las autoridades, oraron así:
y ellos, habiéndolo oído, alzaron unánimes la voz a Dios y dijeron: Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay: que por boca de David tu siervo dijiste: ¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se reunieron los reyes de la tierra, y los príncipes se juntaron en uno contra el Señor, y contra Cristo. Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera. y ahora, Señor; mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra, mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades y señales y prodigios mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús. Cuando hubieron orado, el lugar en el que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo …
(Hechos 4:24-31 RVR)
No es cuestión de semántica, sino de actitud. Nuestras oraciones son “cuídanos, ayúdanos, protéjenos”. No es suficiente cambiar el vocabulario; debemos pedir que Dios tome nuestro cerebro, que lo lave con detergente, que lo cepille bien fuerte y que nos lo vuelva a colocar en una manera distinta de su posición previa. Todo nuestro sistema de valores tiene que ser cambiado. ¿Quién es el Señor? ¿Quiénes son los siervos? Y ¿quién le da las órdenes a quién? ¿Cuál es el centro de gravitación de nuestras oraciones, nosotros o Dios? ¿Dios existe para nosotros o nosotros para Dios?
En la Edad Media, la gente creia que la tierra era el centro
del universo y que el sol giraba alrededor de ella. Así nosotros
pensamos que somos el centro y que Dios, jesucristo y los ángeles
giran alrededor nuestro para darnos lo que les pedimos.
¡Cuán equivocados estamos! Dios es el centro, nosotros somos
sus siervos. Nuestro centro de gravedad debe cambiar. Él es el
sol, y nosotros debemos hacer su voluntad, no Él la nuestra.
16
——— El “Evangelio según los Evangélicos”
Pero no es fácil cambiar esta actitud equivocada. Aun nuestra
motivación para la evangelización se centra en torno al
hombre. Me acuerdo que en el seminario nos decían:
“¡ Piensen en las almas perdidas! Esas pobres almas que caen
en el infierno”. Cada minuto que pasa, otras cinco mil ochocientas
veinte y dos personas y media se van al infierno. ¿No
sienten dolor por ellos? Nosotros llorábamos y decíamos:
“¡Pobrecitas las almas que se pierden! ¡Vayamos a salvarlas!”.
¿Se dan cuenta? Nuestra motivación no era tanto el mandamiento
de jesús de ir por todo el mundo a toda criatura, sino
el amor a las almas perdidas.
Sí, debemos amar a las almas perdidas. Pero siempre la
motivación debe ser hacer la voluntad de Cristo y extender su
reino. No predicamos a las almas solamente porque están perdidas,
sino porque esa es la voluntad de Padre y de jesús, porque
así lo pide Dios y Él es el Señor. ¡Obedeciendo a jesús, las
almas perdidas serán ganadas!
Este evangelio centrado en el hombre podría llamarse el
Quinto Evangelio. Tenemos los Evangelios según San Mateo,
San Marcos, San Lucas, San juan y el Evangelio según los
Evangélicos. Este evangelio se basa en versículos entresacados
de aquí y de allá de los cuatro Evangelios. Hacemos nuestros
todos los versículos que nos gustan, los que nos ofrecen o prometen
algo, como juan 3: 16, juan 5:24 y otros, y con esos versículos
formamos un sistema de teología ignorando los textos
que nos confrontan con las demandas de jesucristo.
¿Quién nos autorizó para presentar solamente un lado de
los dichos de jesús? ¿Quién nos au torizó a ofrecerlo como salvador
personal en vez de presentarlo como el Señor?
Supóngase que en una boda, al llegar el momento de pronunciar
los votos, el novio dice ante el altar: “Acepto a esta mujer
como mi cocinera personal”. No me cabe la menor duda de
17
El discípulo ——————
que la mujer diría: “¡Un momento! Pienso cocinar, sí, pero no
vaya ser su mucama, sino su esposa. Él tiene que darme su
amor, su corazón, su casa, su talento, todo”.
Lo mismo es verdad respecto de Jesús. Sí, Él salva y sana,
pero no podemos separar a Jesús en secciones y tomar solo las
que nos gustan más. No podemos aceptarlo como salvador
personal, sin aceptarlo como Señor. Somos como los niños
cuando se les da una rebanada de pan con dulce; se comen el
dulce y vuelven con el pan para más dulce. Volvemos a poner
más dulce, se lo comen otra vez y nos devuelven el pan… Jesús
dijo a las multitudes: “Ustedes me siguen por el dulce, o sea
los milagros y las sanidades, pero Yo soy el pan de vida, el que
no me come a mí, no tiene vida”. Este Pan de Vida viene con
mucho dulce, pero la vida está en el pan, no en el dulce. Es
necesario que comamos el pan, si Él nos da dulce, bien, si no
nos da dulce también está bien, pues tenemos el pan, lo tenemos
a Él.
¿Qué le parece que sucedería si en el Congreso de Teólogos
de nuestra denominación llegaran a la conclusión de que no
hay ni cielo ni infierno? ¿Cuántas personas seguirían asistiendo
a la iglesia después de un anuncio de esa naturaleza? La
mayoría diría: “Si no hay cielo ni infierno, ¿para qué ir a la
iglesia?”. Pero ¿quiénes son los que vienen por Él y no por lo
que Él da? Esas personas van a la iglesia por el dulce, para ser
sanados, para escapar del infierno, para ir al cielo cuando se
mueran, pero no para ponerse a las órdenes del Rey Jesús.
El Día de Pentecostés, después que Pedro concluyó su sermón,
dijo con toda claridad: “Por tanto, sépalo bien todo Israel
que a este jesús, a quien ustedes crucifícaron, Dios lo ha hecho
Señor y Mesias” (Hechos 2:36). Cuando los oyentes comprendieron
que Jesús era en realidad el Señor, “se sintieron profundamente
conmovidos” (v. 37) y preguntaron: “Hermanos, ¿qué
18
——— El “Evangelio según los Evangélicos”
debemos hacer?”. La respuesta fue: “Arrepiéntanse y bautícense
cada uno de ustedes en el nombre dejesucristo para perdón de sus
pecados, y recíbirán el don del Espíritu Santo” (v. 38). En
Romanos 10:9, encontramos resumido el evangelio de Pablo:
“Que si confiesas con tu boca que jesús es el Señor, y crees en tu
corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo”. Él es
salvador, pero el nombre que es sobre todo nombre es Señor.
Un ejemplo de lo que es el Quinto Evangelio lo vemos en
el mismo pasaje: Lucas 12:32 dice: “No tengan miedo, mi rebaño
pequeño, porque es la buena voluntad del Padre darles el
reino”. Este es un versículo muy conocido. Muchísimas veces
prediqué sobre ese texto, y está subrayado en casi todas las
Biblias. Pero ¿qué dice el versículo que sigue, el 33? “Vendan
sus bienes y den a los pobres”. Este no está subrayado en ninguna
Biblia, y jamás escuché un sermón basado en este texto.
Este no está en el Evangelio según los Evangélicos. El versículo
32 forma parte de nuestro Quinto Evangelio, pero el 33,
aunque es también un mandamiento muy claro y específico de
Jesús, lo ignoramos por completo.
Jesús nos mandó no matar.
Jesús nos mandó amar a nuestro prójimo.
Jesús nos mandó compartir nuestras posesiones con los
necesitados.
Aunque en el mundo moderno, con la seguridad social, la
jubilación, los seguros médicos, etc., las cosas son diferentes,
sin embargo, todavía hay muchos pobres a nuestro alrededor,
y debemos compartir lo que somos y tenemos. ¿Quién es el
que decide cuáles mandamientos son obligatorios y cuáles son
optativos? El Quinto Evangelio ha hecho algo extraño: ¡Nos
ha dado algunos mandamientos obligatorios como “no fumar”
y otros optativos, como “amen a sus enemigos”! Pero ese no
es el evangelio del reino.
me encanta como escribe tan solo tengo 15 años ii sus libros me cautivan demasiado
Doy Gracias al Señor x este libro me abrió mas los ojos
lo recomiendo el señor les bendiga