Cambio de Tradiciones
“A los ancianos que están entre ustedes … les ruego esto: cuiden como pastores el rebaño de Dios que
está a su cargo, no por obligación ni por ambición de dinero, sino con afán de servir, como Dios quiere”
(l PEDRO 5:1-2)
Los apóstoles definían la doctrina. Por eso, se le llamaba “La doctrina de los Apóstoles”. Ellos eran considerados la autoridad. Los problemas empezaron a aparecer cuando la iglesia teocrática perdió su carisma, su poder espiritual. Los dirigentes se volvieron más concientes del poder material terreno que de aquello que procedía de lo alto. Aunque mantuvieron la misma forma de gobierno, el espíritu no era el mismo. Eran como una lapicera sin tinta. Exteriormente seguían con autoridad, pero interiormente estaban vacíos del Espíritu Santo.
El papa siguió pensando que es infalible, y comprendo por qué. Después de todo, las cartas que había escrito Pedro, las de Juan y las de los otros, todas eran verdad infalible. ¿Por qué no debía continuar eso? Podría haber seguido, pero al faltar el carisma, la revelación divina celestial, la Iglesia pasó a ser algo peligroso en el mundo. Así fue como las iglesias protestantes reaccionaron y se fueron a otro extremo, hacia la democracia.
La democracia dio resultado por un tiempo, porque hizo posible que los llamados laicos una vez más estuvieran involucrados en la obra de la iglesia. Una vez más podían pensar, votar, trabajar. Pero esto no fue el remedio. En el período del oscurantismo, el papa se había convertido en el sustituto de la Palabra de Dios. Más tarde, entre los protestantes, el sustituto llegó a ser el voto de la mayoría.
El pueblo no sabía con certeza lo que Dios quería decirles. Por eso, comenzaron a votar, y el que recibiera más de la mitad de los votos, debía ser aquel que Dios quería que los dirija. Pero, lamentablemente, la mayoría no siempre es dueña de la verdad. Fue la mayoría la que decidió hacer el becerro de oro, mientras el pueblo de Dios marchaba por el desierto. También fue la mayoría la que le dio las espaldas a Jesús después de las enseñanzas que les impartió y que se registran en Juan 6.
Y en estos días, cuando Dios está restaurando ministerios y carismas, la democracia nos va a traer un montón de problemas. No me inclino por una forma de gobierno episcopal, pero tampoco puedo apoyar el gobierno democrático en la Iglesia; sin la revelación del Espíritu Santo, ninguno de los dos es bíblico. Es posible que si Dios envía un avivamiento, la gente dentro de la congregación regida por el sistema episcopal sea más receptiva, no lo sé. Ya están habituados a sujetarse a sus superiores; me pregunto, entonces, ¿qué es lo que pasaría si sus líderes estuvieran realmente en contacto con Dios? La cuestión del gobierno de la Iglesia ha sido largamente discutida a través de la historia y, personalmente, no creo que esto pueda solucionarse, por cuanto un gobierno de acuerdo a las pautas bíblicas no dará resultado en una Iglesia que no sea apostólica.
Creo que está probado que, cuando todos mandan, las cosas no funcionan, es una anarquía. i Cuántos pastores con visión son paralizados por sus ancianos gobernantes! Quizá una combinación de las dos cosas sea conveniente, tener un líder, pero tener también un grupo de personas espirituales que le aconsejen antes de tomar una decisión. Y si el grupo es unánime en una decisión, el líder debe tener el derecho del veto. Es una opinión, no más. Pero, evidentemente, las estructuras de ahora requieren una revisión. Generalmente, las iglesias que crecen más son las que tienen un líder a quienes todos obedecen. La Biblia se refiere a la Iglesia solamente en dos dimensiones: La universal y la local.
La Iglesia universal es ‘la Iglesia en toda la faz de la tierra’, mientras que la iglesia local es ‘la iglesia de una cierta localidad, pueblo o ciudad’. Sin embargo, desde los tiempos en que se inició la llamada Iglesia protestante hemos tenido una nueva clase de iglesia, que no es ni universal ni tampoco local: es la denominación. Las denominaciones son más que locales, pero son menos que universales. Estas han tratado todo tipo de gobierno que uno pueda imaginarse, desde las más rígidas formas episcopales a la derecha, las presbiterianas en el centro y la congregacional a la izquierda.
Y con todo, no ha sido posible hallar una solución. ¿Por qué? Porque no es posible poner repuestos Ford en un Chevrolet. Las denominaciones no son como fue la iglesia local en tiempos neotestamentarios, y por lo tanto, ninguna estructura de la Iglesia de aquellos tiempos se puede aplicar a la Iglesia protestante hoy.
Lo mismo nos pasa a nosotros. Hicimos un viaje a la Iglesia primitiva y descubrimos el bautismo en el Espíritu Santo, y tratamos de trasplantarlo a nuestra iglesia sin traer el mismo clima de obediencia a los apóstoles, de amor mutuo y de discipulado allí reinante; por eso acabamos con resultados no mucho más grandes. El Espíritu Santo es el mismo de antes, pero ahora parece estar diluido en la desobediencia y en la falta de compromiso y de amor.
No es posible contar con una forma de gobierno como en la Iglesia primitiva, en donde los apóstoles no tengan la autoridad que da el poseer el poder del Espíritu Santo. Ellos llegaban a un lugar, imponían las manos, la gente se sanaba, efusionaba el Espíritu Santo, discernían espíritus, tenían palabra de sabiduría y ciencia, operaban el don de profecía, etcétera. Estos no necesitaban una credencial escrita de una denominación. Pablo dijo: “Si Dios quiere iré a visitarlos muy pronto, y ya veremos no solo cómo hablan sino cuánto poder tienen esos presumidos. Porque el reino de Dios no es cuestión de palabras sino de poder” (1 Corintios 4:19-20).
¿Cómo podemos reconocer a los que dicen ser apóstoles y no lo son? Por las credenciales divinas, que son el poder, la virtud, el fruto del Espiritu Santo, no los hermosos sermones. Pero claro, cuando falta la autoridad, el carácter divino y el fruto del Espíritu en los líderes, quizá el voto democrático es mejor. ¿Qué es la iglesia bíblica? La iglesia de la localidad y la Iglesia universal.
Quizá la Iglesia evangélica debería tender hacia la unidad en cada región. Sin dejar sus denominaciones, podrían juntarse en una unidad espiritual y voluntaria con el propósito práctico de la evangelización y del discipulado, aceptando las diferencias teológicas.
Cuando Dios se le manifestó a Moisés en la zarza ardiendo, Moisés quiso saber el nombre de quién se le había aparecido. En esencia, Dios le dijo: “Moisés, vienes de Egipto, allí hay muchos dioses, y necesitas nombres para identificarlos. Pero realmente hay un solo Dios, por lo tanto, como no hay más que uno, no necesito nombre. Yo soy el que soy, y no hay otro aparte de mí. Yo soy el que soy. Yo soy el único”. Sin embargo, Moisés insistió: “Pero cuando vuelva a Egipto y me pregunten qué Dios me envía ¿qué les diré?”. “Diles Yo soy me ha enviado a ustedes”. ¡Qué nombre tan extraño!
Exactamente igual ocurre con la iglesia. Con frecuencia la gente pregunta: -¿A qué iglesia pertenece?
-A la Iglesia –deberiamos responder (o a los que aman como anteriormente comentaba en otra predicación)
-Pues a la Iglesia. -Vamos, vamos. Usted sabe bien lo que quiero decir. ¿A qué iglesia pertenece usted?
-A la que ES. Hay una sola Iglesia. La iglesia de Jesucristo
En tiempos del Antiguo Testamento, no había que pensar en un nombre para la iglesia, porque había solamente una. Solo hay una iglesia en cada localidad, partida en pedazos. Es necesario que veamos cómo podemos volver a unirlos. Sería bueno que subiéramos a la terraza del edificio más alto y dijéramos: “Señor, muéstrame la Iglesia en esta ciudad tal como tú la ves”.
Jesús no mira lo hermoso de nuestras construcciones, ni el decorado, ni lo bien que cantemos o toquemos. Él mira y llora. A través de sus lágrimas, dice lo que dijo cuando lloró por Jerusalén: “¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como reúne la gallina a sus pollitos debajo de sus alas, pero no quisiste. Pues bien, la casa de ustedes va a quedar abandonada” (Mateo 23: 37-38).
Para Dios los diferentes pastores de la ciudad son presbíteros o ancianos co-pastores de su única Iglesia. Si son co-pastores, deberían reunirse, tener confraternidad, amarse los unos a los otros. Casi tendrían que vivir juntos como los doce pastores de la iglesia de Jerusalén lo hicieron mientras estaban allí.
La iglesia local era bastante independiente, pero también interdependiente, unida por el apóstol de la región. Por eso, podían adaptarse a las necesidades locales, de manera en que la iglesia de Jerusalén se desarrolló de una forma y la de Antioquía de otra. Ellas eran diferentes en teología, mucho más diferentes que la católica y la evangélica. Pero todos estaban bajo el señorío de Jesucristo a través de la dirección de los apóstoles y ancianos; el reino de Dios tiene que ser llevado a cada lugar, y las iglesias deben estar interrelacionadas espiritualmente. Aunque la iglesia de cristianos judíos y la de los gentiles tenían diferente teología, estas últimas ayudaban económicamente a las otras. Había interrelación sin necesidad de uniformidad.
¿Es este un concepto extraño para nosotros? ¿Una amenaza para nuestras tradiciones? Es cierto que no podemos terminar con las denominaciones mediante un chasquido de nuestros dedos. Sin embargo, no debemos permitir que esto nos impida discernir el verdadero Cuerpo de Cristo en cada localidad y responder al deseo más caro de nuestro Señor: “Que sean uno”.
La santa tradición protestante no debe interponerse en el camino de nuestro crecimiento hasta llegar “a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a una humanidad perfecta que se conforme a la plena estatura de Cristo” (Efesios 4:13).
¡Y para eso estamos los pastores! (Efesios 4: 11-16).
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